lunes, 9 de febrero de 2015

Realidad inflexible (II)

Segunda parte
Vivir como cobarde

"Tomar un nuevo paso, decir una nueva palabra, es lo que la gente teme más."
Fedor Dostoyevsky

Queremos creernos tantas cosas, tanto mentiras como verdades, siempre añoramos el que hay algo más allá de lo que nosotros mismos logramos comprender, no nos basta una respuesta simple y es algo que tantos filósofos, científicos y grandes pensadores de todas las ramas han celebrado; pero, ¿hasta que punto lo logramos soportar? ¿Qué tanto estamos dispuestos a perder, inclusive, para satisfacer nuestras necesidades intelectuales? Sorprendentemente, a la mayoría le resultaría difícil de comprender el nivel en el que estamos inmersos dentro de la respuesta, es decir, que tanto sacrificamos para obtener una solución que se mantenga en nuestro modo de vida.

Entendamos que sentir curiosidad es parte de nuestra naturaleza, por algo hemos llegado tan lejos como especie, sin embargo no podemos ignorar el hecho de, al llegar a un nivel de conciencia superior, tenemos una responsabilidad más allá de la moral, como individuos de algo más grande. No resulta tan complejo de entender si lo desmenusamos un poco, al ser una parte de un todo, contribuimos para su crecimiento o su declive, así de sencillo. Lograr comprender la posición en que uno se encuentra parado podría, entonces, no ser un problema, pero eso no nos da por completo el trasfondo de la situación; apenas comenzamos a descubrir quiénes somos, a dónde vamos y de dónde venimos, y eso, en principio, es lo que nos mueve a seguir: comprendernos a nosotros mismos.

Tendríamos que ponernos en una posición vulnerable, quitarnos el egocentrismo para poder pensar en algo más grande que nosotros, envolvernos en la humildad y abrir los ojos ante la realidad de que somos sólo un uno entre muchos. Pensar que nuestra vida se topa con cientos o quizás miles al día, que cada uno de nosotros está caminando sobre el mismo suelo, que dentro de cada uno tenemos nuestras propias preocupaciones, que sentimos, que vivimos; es llegar al punto en abrir el horizonte de nuestra comprensión y saber, que más allá de lo que conocemos, hay billones de individuos con las mismas presiones: porque no somos los únicos que sufrimos, lloramos y estamos agobiados. Es sentir ese vacío de no ser más que el otro, quien está en frente, porque no podemos menospreciar lo que cada uno ha pasado hasta el día de hoy ya que así como uno, el otro está bajo la misma posición. Somos uno, cada uno.

Al final preferimos seguir bajo un modo más fácil de sobrellevarlas cosas en vez de enfrentarlas y comenzar a vivirlas, como debería de ser, porque es más fácil evitarlo, es más sencillo, resulta menos complejo; voltear la cara ante las situaciones es nuestra respuesta inmediata, encerrarnos en nosotros mismos creyéndonos la idea de que sufrimos lo suficiente como para atender a otro que no sea uno mismo. Somos egoístas. Somos hipócritas en querer ser empáticos pero no logramos salir de nuestra zona de confort. Y nos gusta ser así, evitar el miedo de comprender lo que le pasa al otro, a quien tenemos al lado, a quien no tenemos cerca, a quien ignoramos su existencia, ya que, al final, ¿quién se va a preocupar por mi, por uno? ¿Cierto? Si me dejo de preocupar por mi y comienzo a pensar en el otro, ¿dónde quedo yo?

Nos gusta, nos place.

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